Agencia Portátil
1 de junio de 2026
Cd. Victoria / José Saldaña.- A dos años de distancia del triunfo electoral de Claudia Sheinbaum se ha convertido en una experta en la gestión de la percepción. Mientras la narrativa oficial hace un despliegue de optimismo apuntalado por giras que parecen más actos de campaña permanente que ejercicios de gobierno, el México real transita por una ruta paralela donde el entusiasmo gubernamental choca con la crudeza de los datos.
El sello de la «continuidad» no ha sido solo ideológico, sino también metodológico: la estrategia de culpar al pasado ha mutado en una parálisis operativa ante los problemas estructurales.
El uso recurrente de eventos masivos no es solo una elección estética; es una herramienta de contención política. Cada plaza llena y cada discurso triunfalista actúan como un dique diseñado para filtrar las noticias incómodas. Sin embargo, la propaganda tiene una fecha de caducidad: la realidad.
Cuando el gobierno celebra indicadores macroeconómicos, ignora que la percepción de bienestar sigue estancada por la inflación en la canasta básica. Cuando se proclaman avances en salud, las comunidades siguen enfrentando la cruda brecha de desabasto que, lejos de cerrarse, parece haberse institucionalizado. Esta desconexión no es menor; es un abismo que erosiona la legitimidad.
El costo de la autocrítica ausente
Lo más preocupante no es la existencia de pendientes, sino la erosión de la autocrítica. Un gobierno que se niega a reconocer sus fallas es un gobierno que se condena a repetirlas.
Al minimizar la inseguridad o maquillar la ineficiencia de los servicios públicos, se abandona el ejercicio de la gobernabilidad en favor del ejercicio de la popularidad.
La ciudadanía, que vive en el territorio y no en el discurso, nota este desajuste. Necesita ver ese progreso en la seguridad de sus calles, en la calidad del agua que llega a sus hogares y en la certidumbre de un sistema de salud funcional.
El veredicto de los hechos
El tiempo no es un aliado de los discursos vacíos. A dos años de gestión, el balance es claro: se ha consolidado un estilo de gobierno donde la forma ha terminado devorando al fondo. Gobernarse no es una celebración continua; es una rendición de cuentas que, hoy por hoy, se siente postergada.
La narrativa oficial podrá seguir llenando plazas, pero los pendientes, sos que no aparecen en las presentaciones de resultados, siguen acumulando intereses. Y tarde o temprano, la realidad siempre termina cobrando la factura.














