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CDMX, 28 de junio.-En 1850, explica Fausto Ramírez, Juan Cordero había enviado desde Roma una ambiciosa composición, dedicada «A la Academia de San Carlos de México en testimonio de gratitud», y que representaba a Cristóbal Colón en la corte de los Reyes Católicos: De vuelta Colón del nuevo mundo que acaba de descubrir, presenta a los príncipes católicos, Da. Isabel y D. Fernando, varios naturales de la nueva tierra y ricos regalos de los productos de aquel suelo. Sentados los reyes debajo de un rico dosel, se levanta D. Fernando para honrar al afortunado marino, que acercándose a los soberanos, indica con una mano los presentes de la tierra descubierta: muchas damas de honor y caballeros están presentes a esta escena gloriosa para España.
La disposición de los personajes dentro del escenario y el formato del cuadro de Cordero tienen algunas semejanzas con el de Eugène Delacroix (hoy, en el Toledo Museum of Art, Ohio): los reyes están colocados a la derecha, sobre una plataforma y bajo dosel, mientras que la comitiva que acompañaba a Colón ocupa el lado izquierdo; también aparece en ambos, en posición análoga, la figura del confesor dominico con su inconfundible hábito negro y blanco.
Junto a la acusada verticalidad de la mayoría de las figuras masculinas, contrasta la postura sensiblemente curvada no sólo de los indígenas sino también de la reina y de una de sus damas, en una vinculación formal e iconográfica muy sugerente: una simpatía compasiva pareciera unir desde aquel momento a los naturales con la soberana católica que, mediante la promulgación de las Leyes de Indias, intentaría protegerlos y librarlos de la crueldad de conquistadores y encomenderos. La autoridad jurídica del monarca y la piedad cristiana de la reina, en conjunción con el rendido vasallaje de los indios, formarían las bases constitutivas del pacto fundador del Nuevo Mundo. La estructura narrativa del cuadro pareciera pretender enlazar, así, el presente y el porvenir de la empresa colombina en una conciliadora «historia sin conflictos».
Una obra preparatoria para esta singular composición, hoy en resguardo del Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec, INAH, en franco diálogo con su versión final que se integrara al acervo constitutivo del Museo Nacional de Arte en 1982, recuerdan al gran artista académico Juan Cordero en el segundo centenario de su nacimiento.














